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GENTE CIVILIZADA

 
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Werder el Viejo
Eyaculador/a precoz


Registrado: 10 Dic 2010
Mensajes: 49

MensajePublicado: Mie Ene 18, 2012 9:35    Asunto: GENTE CIVILIZADA Responder citando

PUES, fíjate, ahora no sé si la idea fue suya o mía. En todo caso, lo habíamos hablado muchas veces, pero casi nunca tomábamos una decisión. Pero en esta ocasión, hasta inventamos una coartada más o menos filosófica. La idea era aprender que “mi” no es necesariamente “mío”, es decir, de “mi propiedad”.

Al principio le propuse poner un anuncio en una revista y montarnos un pequeño “casting”, para seleccionar al tercero en discordia. Pero la idea no prosperó, porque yo tenía en mente otros planes. Se los dije y ella aceptó.
—Buena idea. Así el asunto tendrá más morbo —argumentó, con una extraña sonrisa.

Si te digo la verdad, se lo propuse a él, porque era mi amigo. Esperaba que entendería mis razones y que sería respetuoso con mis sentimientos. De toda maneras, te aseguro que me sorprendió lo rápidamente que se avino a mi propuesta.

Lo cierto es que no fue hasta que, a través del visor-monitor de la cámara de vídeo, le vi tan aplicadamente lamiéndole el coño (quizá no debí explicarle con tanto detalle cómo le gusta que se lo coman) que me entró un mosqueo de padre y muy señor mío. O sea que el tío, se moría de ganas de tirársela y de disfrutar como un hijo de puta. Mucho más de lo que sería razonable teniendo en cuenta que éramos amigos y que conocía perfectamente mis sentimientos. Pero, joder, yo se lo había puesto en bandeja. Lo malo es que la cosa ya no tenía remedio, porque, si ahora me lo tomaba en plan borde, iba a quedar como un imbécil.

Por otra parte, a pesar del cabreo, ver esa lengua ansiosa abriéndose paso, una y otra vez, entre los labios de su vulva, me excitaba terriblemente. Además, ella, aunque se expresaba con suspiros y gemidos inevitables, me estaba dedicando una sonrisa convincente. Mientras la lengua del muy cabrón exploraba despaciosamente sus rincones más profundos y excitables, ella me estaba sonriendo con una ternura inimaginable.
—Tío, cómo se te ha puesto la polla, cariño —me susurró, entre sus quejidos de gusto.

Te juro que me lo dijo a mí que también estaba en pelota picada y jugando con el zoom de la cámara para sacar el mejor partido del encuadre y del plano. Me lo dijo a mí, porque mi verga se había levantado automáticamente al ver cómo, a cada estremecimiento, su cuerpo celebraba la llegada de la lujuria. Me lo dijo a mí, porque sin duda yo debía ser parte de su lujuria. Por más que fuese la lengua de él la que seguía arando en su coño húmedo y lubrificado por la saliva. Pero me lo dijo a mí, a pesar de que el cipote del muy cabrón también estaba tieso y duro, con el glande descapullado y agresivo.

Su voz me sonó tan concupiscente como otras veces, cuando era mi lengua la que conquista su clítoris rosado y salobre. Cuando excitado por sus promesas (“Cariño, hoy te la mamaré como nunca”), voy lamiendo suavemente las orillas palpitantes de su vulva hasta llegar a la entrada de la vagina. En ese momento, la punta de mi lengua se dispara ofídicamente, una y otra vez, acariciando las sensibles terminaciones de su horquilla vaginal hasta conseguir que se deje arrastrar por exigencia de su delirio. Separa sus muslos amplios, poderosos, para descubrir de par en par su chocho empapado. De esta manera, facilita el insistente trabajo de mi boca. No tardo en sentir todo su cuerpo agitándose tempestuosamente. En oír sus quejas de placer, que escapan de sus labios que se muerde torpemente. Entonces, sin dejar de jugar con mi lengua, intento que al menos una de mis manos alcance sus mullidas mamas de mujer madura. Casi siempre, me tropiezo con sus dedos más veloces para pinzar suavemente sus gruesos pezones, que ya han adquirido consistencia frutal. Uno mis dedos a los suyos, a fin, de intensificar esa voluptuosa tarea, mientras voy comiéndome a fondo su coño, en espera de ese ruidoso orgasmo que probablemente estallará en pocos minutos.

Pero, mira tú, ahora eran esa otra lengua y esos otros dedos los que la hacían estremecer, los que la estaban trasladando al borde del orgasmo. Eran los dedos de mi amigo, el muy hijo de puta, que, con una mano, le separaban los labios menores de su generosa vulva para que el clítoris, fuera del caparazón, se mostrase apetitoso y vulnerable. Yo podía adivinar, más que ver, cómo vibraba la punta de su lengua sobre esa pulpa excitada. Contemplaba cómo ella le sujetaba la cabeza y la dirigía autoritaria hacia las zonas donde el goce se le hacía insoportable. Cómo se retorcía con estremecimientos cada vez más enérgicos. Poco a poco, sus gemidos, sus quejas, sus jadeos, comenzaban a ser furiosos y estridentes.

Para serte sincero, he de reconocer, que el cabrón estaba haciendo un buen trabajo. No sé cómo había aprendido tan pronto a sorberle, a lamerle, a chupetearle el clítoris, con el ritmo y las maniobras que a ella tanto la excitaban. Había hundido levemente un par de dedos en su raja y los removía en su interior, sin dejar de trastear ese botoncillo turgente y ansioso. Ella se lo agradecía con insultos libidinosos que eran más bien una súplica. Le exigía que no detuviese ni un momento el bombeo de sus dedos. Le sujetaba la cabeza, la empujaba con ambas manos contra su pubis y la aprisionaba con sus muslos mórbidos y potentes. Paulatinamente, se iba abandonando sin reservas a la lascivia que corría vigorosamente por todo su cuerpo rijoso.

La verdad es que había tanta sensualidad, tanta belleza erótica, tanta fuerza lúbrica en esos cuerpos mortificados por el deseo que me sentí ferozmente cachondo. De manera instintiva, dejé la cámara en el trípode. Me agarré fuertemente a mi pene como a una tabla de salvación. Y comencé a masturbarme muy parsimoniosamente, porque necesitaba saber que yo también estaba allí, que yo también formaba parte de esas embestidas de placer.

De pronto, ella se puso a inventar gritos, falsas protestas, sinfonías guturales, gimoteos ostensibles y reclamaba estrepitosamente la urgente descarga de un orgasmo.
—¡En el culo, en el culo! —ordenó, mientras apoyada en los antebrazos y la planta de los pies, levantaba la pelvis para facilitar la visión de su ano.

No sabes hasta qué punto me sé de memoria ese ruego imperativo. Lo he oído veces y veces cuando está a punto de correrse. Más que un ruego es una orden ineludible que también él, igual que siempre he hecho yo, obedeció a rajatabla. De manera automática, dejó que sus dedos resbalasen de aquella soberbia raja inundada hasta penetrar en la oscuridad de ese ojete cálido. Una vez acomodados, firmemente hundidos en ese trasero de nalgas anchas y espléndidas, iban a inventar un sinfín de travesuras por el canal de su recto.

Ella, con los ojos cerrados, contraía los músculos de la cara, se retorcía con rabia los pezones, se agitaba en todas direcciones y, por fin, lanzó ese grito de furia y de lujuria, que tan perfectamente me conozco. Sé muy bien cómo le huele la piel a hembra encelada en esos momentos, cómo emana de su coño y sus guedejas ese aroma a ozono costero, cómo trepida su carne y se bambolean los pliegues de su abdomen, cómo se tersa la piel de sus tetas con los pezones a punto de estallar. Es el momento de liberar su clítoris de mis leves mordisqueos labiales. Es el momento de besarla profundamente, de practicar en su boca una especie de cunnilingus mesurado, de dejar en sus labios, en su lengua, en su paladar el rastro persistente, ligeramente salado, de sus propios jugos vaginales.

Sin embargo, sorprendentemente esta vez ella no siguió el ritual acostumbrado. Prefirió mantener al muy cabrón con el hocico contra su chocho mojado, mientras ella disfrutaba de su glorioso orgasmo. Pero, en realidad, me estaba mirando a mí con esa sonrisa intransferible desplegada como una bandera. Me miraba a mí, que también estaba a punto de correrme. Intenté retrasar ese momento, estrangulando el tronco del pene y el capullo se hinchó y se congestionó como una brasa al rojo.
—Cariño, espera, espera... Dame esa polla, cabrito mío —exclamó.

Otra vez, me lo dijo a mí, te lo juro, porque yo seguía siendo parte de su lujuria. Pero él no estaba dispuesto a respetar nada. Rápidamente, se zafó de la mano que le sujetaba la cabeza. De un salto, se puso en pie frente a ella, a un sólo palmo de su cara, blandiendo su verga también totalmente enarbolada, purpúrea y firme con las venas esculpidas casi en alto relieve.

Te aseguro que, aunque él no se dio cuenta, yo aprecié en los ojos de ella unos segundos de duda. Una ligera indecisión, antes de que agarrase su arrogante picha y se decidiese a mamarla.

Comenzó con un ritmo displicente que se fue acelerando sincrónicamente. El muy hijo de puta debía disfrutar como un gorrino. Lo sé por experiencia. Conozco cómo hierven mis cojones, mientras ella se engulle mi verga hasta un fondo casi imposible y desliza la punta de alguno de sus dedos por mi escroto, mi perineo, hasta encontrar las rugosidades de mi ano. Cómo su lengua ágil, poderosa, húmeda de saliva, recorre lenta y exasperante toda la topografía de mi polla, mientras se me llena de leche el utrículo prostático. Cómo sus labios pulposos y experimentados, ciñen mi glande con la presión justa, succionándolo implacablemente, mientras siento, entre placer y dolor, cómo el semen avanza por mi uretra. Conozco muy bien cómo, finalmente, mi pene queda atrapado, sumergido, inmovilizado dentro su boca hermosa y profunda (“¡Voy a correrme!”). Y cómo, segundos después, entre espasmos incontrolables, llega ese chorreo de copos tibios y cuajados, que saltan fuera o dentro de su boca

Posiblemente, como yo hago tantas veces, también él pretendía correrse dentro de esa boca experta. Ahí estaba con el cuerpo tenso, los músculos tirantes, las nalgas potentes y su gran cipote erecto, devorado una y otra vez por esos labios flexibles.

Súbitamente, sujetó la cabeza de ella para impedirle todo movimiento. Apenas, unos segundos de un éxtasis inefable (“¡Me coooorro! ¡Hostiaputa qué guuusto! ¡Aaahjj!”) y se convirtió en una bestia salvajemente convulsa, bramadora, indominable. El gran cabrón de mierda estaba eyaculando en esa boca que le acogía con una cierta ternura. El gran cabrón de mierda estaba gozando de una corrida de campeonato, aprovechándose de que era mi amigo. Y ella, con cara complaciente, aceptaba su lefa caliente, y la saboreaba, y se la iba tragando lentamente, como algunas veces había hecho con la mía.


Si te soy sincero, yo estaba seguro que ella cumpliría lo acordado. En ese momento preciso, tenía que soltar la polla de mi amigo y hundirla en el canalillo de sus tetas, hasta que hubiese vaciado toda su esperma. Era lo convenido. Sin embargo, no sé por qué demonios, la había mantenido dentro de su boca sin mover ni un músculo. Como supongo que imaginas, yo empezaba a estar bastante cabreado. Iba a gritar mi protesta y cagarme en la madre que los parió. Quería hacerlo, pero la verdad es que ahora no podía, porque yo también estaba a punto de correrme. Había aflojado el tronco de mi picha excitada. La agité furiosamente, mientras frotaba el capullo entre el índice y el pulgar. Una, dos, tres veces... y de inmediato, masticando una blasfemia rotunda, fui disparando grumos de lechaza a diestro y siniestro, hasta que, a poco, una gran cataplexia se apoderó de mis sentidos y de todo mi cuerpo.

Así, absolutamente incorpóreo, con los ojos cerrados, permanecí por lo menos un minuto. Al regresar del séptimo cielo, me encontré sentado de nuevo ante el visor-monitor de la cámara. Ninguno de los dos parecía haberse dado cuenta de mi absurda paja. Seguían concentrados en sus labores. Ella le estaba limpiando a lametones los retazos de semen que embadurnaban todavía su polla sumisa. Él se había derrumbado sobre el colchón y no oponía resistencia a la lengua de ella, pero tampoco parecía recuperar la gallardía de su carajo.

En un momento dado, mientras yo ajustaba el encuadre, ella se arrastró hasta la boca de mi amigo. Y se estuvieron besando larga, parsimoniosa y concienzudamente.

De pronto, a través del visor-monitor, lo vi muy claro.
—Eh, tíos, ¿pero qué hacéis? —exclamé.
Ella se incorporó y me dirigió una sonrisa que pretendía ser sedante.
—Cariño —me dijo—, sé que lo entenderás... Alfred y yo, desde hace un par de meses, nos lo estamos montando.
—¿Qué?
—Lo siento, tío —ahora era él que se había puesto en pie—. Mira... esas cosas pasan.
—¿O sea que, desde hace un par de meses, Claudia y tú estáis follando como guarros y encima, hoy, yo os he puesto la cama?
—Tienes que entenderlo, Alberto... No te cabrees, cariño... Somos tres personas civilizadas y tenemos que portarnos como personas civilizadas —intentó tranquilizarme ella.

La verdad es que yo no sabía cómo reaccionar. Después de todo, Alfred tenía toda la razón del mundo: esas cosas pasan. Mucho más de lo que él pensaba.

Finalmente, solté una carcajada abrumadora, mientras marcaba un número en mi teléfono móvil.
—¿A quién llamas? —se interesó él.
—A tu mujer, a Floren.
—¿Para qué?
—Para que se añada a la fiesta... Porque, ¿sabes?, desde hace un par de meses, me la estoy tirando.
—¡¡Hijo de puta!!

Alfred se había lanzado furioso hacia mí, dispuesto a machacarme. Pero ella se interpuso a tiempo.
—¡No, Alfred, no! ¿Somos o no somos gente civilizada?
—Sí, pero esto...
—Además, esta situación nos abre amplias e interesantes posibilidades —especuló ella.

Realmente, estuvo encantadora. Volvió a sonreírme y, luego, me besó, dejándome en la lengua el sabor ligeramente acre de la esperma de Alfred.
—¿No es cierto, queridos míos? -dijo dulcemente.

Werder-el-Viejo
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*Only
Leyenda del tantra


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Ubicación: Volando

MensajePublicado: Vie Feb 10, 2012 14:38    Asunto: Responder citando

(Siguiendo con mi "especial títulos", buscando relatos de esos de "por el título llegué a leer el relato")

Este es un título diplomático, es decir, de los que puede atraer o, al contrario, no atraer nada (depende de lo "civilizado" que sea uno). Vale la pena por la ironía que destila.
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Werder el Viejo
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Mensajes: 49

MensajePublicado: Mar Feb 14, 2012 3:38    Asunto: Responder citando

Only thanks again Smile
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Sweetlips
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Registrado: 14 Dic 2004
Mensajes: 2925
Ubicación: tus fantasías

MensajePublicado: Lun Feb 20, 2012 23:43    Asunto: Responder citando

Como decía la canción aquella: sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas...
Como siempre un placer... leerte.

Idea Idea Idea
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Cada quien escoge a los demonios de su infierno...
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Boogienights
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Registrado: 30 Jun 2005
Mensajes: 5882
Ubicación: Valencia

MensajePublicado: Dom Feb 26, 2012 17:40    Asunto: Responder citando

Me encanta. Personalmente, aunque considero que el lenguaje guarro me encanta y es incluso imprescindible (y no me refiero sólo a los relatos), las palabras como chocho me resultan zafias, pero es una impresión personal. Creo que coño y polla son perfectas.

La narrativa es, como en todos los relatos que te he leído, fluida y muy caliente, como debe ser para mi gusto. Sueles ser muy realista, igual que los diálogos y eso suma y sigue.

De verdad, creo que eres el mejor descubrimiento de los últimos meses por aquí.

Merci por compartir y cachondearnos. Wink
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Es imposible vivir sin cruzar los límites, ¿verdad?
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Werder el Viejo
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Registrado: 10 Dic 2010
Mensajes: 49

MensajePublicado: Mie Feb 29, 2012 7:25    Asunto: Responder citando

Desde luego, muchas gracias por leerme y decírmelo Wink
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